PINTUJOS

PINTUJOS. RAFAEL MASIÁ O EL HORIZONTE DE LA IMAGINACIÓN

Juan M. Monterroso Montero

Los trabajos de Rafael Masiá no suelen dejar indiferente al espectador. Ante sus ojos se despliega un complejo universo de formas y color en el que conviven sin mayores disonancias la figuración más rabiosa y la abstracción más emotiva y expresiva. En este sentido todos sus trabajos son laboriosas creaciones en las que la sensibilidad cromática, la dedicación técnica y la imaginación conviven sin mayores dificultades.

Este es el caso de Pintujos. En este último trabajo Masiá despliega todo su saber hacer en cuatro direcciones diferentes pero, como los puntos cardinales en el horizonte de la imaginación, totalmente complementarios: esa vocación abstracta, constante en su obra y presente en sus últimos trabajos; la necesidad de la definición plástica del espacio, uno límite construido para esas escenas inventadas; una figuración que puebla y habita espacios indeterminados; y una profunda sensibilidad hacia la ironía y el guiño.

Serán esos cuatro aspectos los que nos sirvan para hacer un breve viaje a través de la unas obras que el propio artistas califica como Pintujos, un onírico híbrido entre la pintura y el dibujo. También los podríamos calificar como pequeños caprichos del artista pero, por favor, no olvidemos que también Goya creó sus propios Caprichos con códigos y presupuestos similares.

Si avanzásemos desde el fondo hacia la superficie pictórica más inmediata al espectador, tendríamos que descubrir que la obra de Masiá existe desde ese mismo soporte en el que se asientan colores y formas. Todas y cada una de ellas cuentan con un cuidado estudio del fondo entendido como marco en el que el pintor dejará que se dispongan marcos, muros, objetos y figuras. Ese fondo es, en esencia, una creación en sí misma, en la que son las calidades táctiles y visuales las que alcanzan su mejor expresión. Hasta tal punto es importante la elaboración de estos fondos que, en más de una ocasión, esos acabados terminan por contagiar la ejecución de rostros y manos.

Sin embargo este fondo es algo que Masiá necesita construir; en realidad articularlo como un espacio que pueda ser habitado por los personajes que creará a continuación, muchos de ellos brotando directamente de ese magma primigenio. Para ello el artista compostelano adopta dos soluciones básicas que, en cada obra y de acuerdo con sus necesidades irá readaptando. En el primer caso, la más elemental de todas ellas, es dividir el espacio del marco en dos mitades más o menos iguales, sin ningún afán de precisión, que organiza a través de azules, verdes, amarillos o grises. Construye de ese modo una línea de horizonte a través de la que sus figuras se acercan o alejan caprichosamente ante los ojos del espectador. También es un modo de conseguir que éstas se relacionen entre sí, al menos, en términos de proximidad y lejanía, profundidad y escala. En cualquier caso, esta línea de horizonte nos tranquiliza al situarnos en un espacio físico aparentemente conocido.

Como decíamos éste es sólo uno de lo recursos de construcción espacial que Masiá utiliza. Frente a esta organización bidimensional no duda en emplear construcciones tridimensionales, ya sea a través de tres ejes que se disponen en ángulo recto entre sí o de muros que separan lo que está fuera y dentro del espacio. En el momento en que surgen estos muros construidos en medio de su espacio imaginado, también aparece la luz y la sombra como recursos tridimensionales.

Por último, en muchas de sus obras esas formas construidas se transforman en marcos, ventanas o cuadros suspendidos en medio de un lugar indeterminado. Sus formas rectangulares o circulares, según el caso, permiten que personajes que, a su vez, pueblan otros universos pictóricos invadan el espacio escénico principal. Es cierto que se trata de un juego visual de larga tradición pictórica. Ya fuera una ventana, un espejo o un cuadro, era la oportunidad para que el pintor presentara ante los ojos del espectador lo que ocurría más allá de la escena principal, a la que complementaba o calificaba de forma directa. Si se trataba de una ventana, esta era la escusa para que el pintor nos trasladara a vastos paisajes arbolados o a bucólicas riberas. Si por el contrario era un espejo éste permitía que la luz y el reflejo se convirtieran en protagonistas de la obra al mostrarnos aquello que deberíamos estar viendo por encontrarse en nuestro espacio visual. Por último, si lo representado era otro cuadro, éste solía calificar, precisar o condensar el significado último del tema principal del lienzo. En el caso de Masiá, ya se trate de cuadros colgados en una pared imaginaria, ya sean espejos en los que se reflejan otros personajes, se deben entender como complementos a los protagonistas de las escenas. Da la impresión de que muchos de ellos hablan directamente de recuerdos, de testigos mudos, semejantes a los antepasados de una noble familia que reposan tranquilamente en las paredes de la escalera. Están ahí, somos conscientes de su presencia, de que nos observan, pero seguimos indiferentes a su existencia. Sólo en dos ocasiones estos personajes pintados dentro de sus respectivos cuadros adquieren un papel protagonista. En Tentación, la única de las obras que aparece nominada de un modo explícito y directo por el autor, la imagen del cuadro no sólo está animada, se dirige directamente hacia el personaje del primer término, con el cual interactúa tal como se puede apreciar en la sonrisa del primero y en la mirada de recelo, reprobación  del segundo. Algo diferente ocurre en otra de las obras en las que los personajes de Masiá deciden incorporarse de motu propio a las telas dispuestas sobre el fondo. De algún modo ellos mismos optan por convertirse en retratos.

Sin embargo, si algo merece especial atención dentro de la obra de Masiá es la figuración. Todas sus obras están pobladas por uno o varios personajes, figuras humanas que en ocasiones ven como su cuerpo de desintegra en formas apergaminadas, que sus miembros son sustituidos por otros rostros, que sus cabezas se multiplican con otras testas y caras, o que sus cuerpos terminan por desaparecer metamorfoseados en insectos, animales o aves.

Aunque no sea necesario demostrarlo ni imprescindible justificarlo en este sentido, todos estos personajes poseen algo de familiar, un parecido que nos indican que pueblan la imaginación de Masiá de forma cotidiana, que conviven con él hasta el momento en que afloran en sus pinceles. Ya se trate de mujeres, muchachos jóvenes, varones adultos, tal como se puede ver en la tela que nos presenta a un joven dormido, rodeado por cuatro figuras que lo observan mientras una sostiene una candela, son personajes que habitan en nuestros sueños. Este es uno de los méritos principales de la obra de Masiá, hacer que sus fantasmas sean también los nuestros. Que esa familiaridad de la que hablamos no tenga más que ver con el artista que lo que pudiera tener que ver con el espectador. Si son parte de Masiá, también son parte de nosotros mismos. Quien no ha imaginado, antes los Disparates de Goya, ante el Inocencio X de Bacon, ante las figuras demediadas y desmembradas de Ernst, que son las mismas que pueblan nuestros sueños y pesadillas.

La solución onírica, complemento inevitable de la imaginación y la creación artística, le permite a Masía desplegar un fino sentido del humor a través del que se presenta al espectador con un guiño. En ocasiones esa mirada burlona de sus personajes supone un desafío para nosotros, en otras simplemente es la indicación de que tras la mera apariencia de lo que vemos hay una mueca, un gesto, un acto de provocación controlada. Basta que nos detengamos un momento a comprobar como el gesto que hace el personaje del cuadro Tentación, enmarcando el pezón de su pecho entre los dedos anular y corazón es un extraño híbrido entre una lactación y un Cristo que mostraría la yaga de su costado a un incrédulo Tomás. Sea de una forma u otra, el gesto, asociado con su mirada y sonrisa maliciosa, cargan de significado y poder evocador la obra. Del mismo modo son abundantes los gestos asertivos, subrayados por dedos índice que señalan hacia el cielo o presionan con firmeza una mesa, una cabeza, o cualquier otro tipo de objetos. Son indicativos de un deseo de muda comunicación, lo mismo que los escasos momentos en que las figuras se tocan entre sí, sencillamente con una mano apoyada sobre el hombro de una de ellas o sobre su vientre. No se trata por tanto de figuras sonámbulas en medio de un sueño, son personajes que quieren comunicarse entre sí y con nosotros.

Mucho más expresivo y significativo en ese sentido es la presencia de gestos que terminan por suponer un guió hacia el espectador: los cuernos que coronan la cabeza del picador; el dedo corazón alzado por el muchacho situado junto a un hombre barbado que, con su mano izquierda levantada, parece estar declamando un pequeño discurso; el dedo que está apunto de penetrar en el ojo de otro de los personajes.

En cualquier caso se trata de un trabajo que permite multitud de lecturas, que no se agota en una primera o segunda contemplación. Es por eso la labor del espectado una tarea esforzada y constante, en la que su ojo puede descubrir en cada vistazo, en cada momento de contemplación un nuevo valor que complemente la imagen. Todas estas obras son una invitación a la contemplación reposada, a la visita y a la vuelta sobre el cuadro.

Incluso en los tres grandes retratos que se incluyen en esta serie. Tres telas en las que el tema es el retrato de busto o sólo de cabeza de un personaje, se puede descubrir la inmensa capacidad de Masiá para transmitir emociones, para atraparnos en una mirada que, ahora sí, se dirige directamente hacia nosotros.

Esta exposición, estos Pintujos, aunque en su nombre escondan un pequeño juego de palabras –Pinturas y Dibujos-, que podría hacernos pensar que se trata de un mero antojo, de un capricho del artista, es sin embargo una invitación a descubrir a un Masiá imaginativo, trabajador incansable, pletórico de inspiración, modelos e imágenes sugerentes.

Comisaria de la exposición: Luisa Pita.

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