NEW YORK NEW YORK

NEW YORK NEW YORK – Juan Barreto

Muchos han sido los pintores que, a lo largo de la historia, han dejado en su obra la huella de los paisajes urbanos en los que han vivido parte o gran parte de sus días. Uno de éstos, Juan Barreto, ha querido acercarnos, a través de esta muestra, las impresiones pictóricas que la ciudad de Nueva York ha ejercido sobre él a lo largo de sus diferentes estancias en ella durante los últimos diez años. De este modo viene a sumarse a esa pléyade de artistas que, tras la Segunda Guerra Mundial, fue apareciendo tras el repertorio del expresionismo abstracto, los paisajes neoyorquinos de Richard Estes, las aportaciones aéreas de Yvonne Jacquette sobre las grandes ciudades americanas, o la obra del inglés afincado en Nueva York, Rackstraw Downes.

Pero Juan Barreto lo hace a su manera, tras la arribada de su barco en el que navega con las velas del arte europeo como un Colón del descubrimiento onírico de Manhattan. Es cierto que el pintor se acerca a este nuevo mundo sabiendo que en él palpita la modernidad poética de Whitman y Lorca, al que por cierto dedicó una exposición en Granada con motivo del centenario de su nacimiento en 1998. Ese mundo en el que cohabita la diversidad de sus gentes en una fusión con la verticalidad colosal de sus arquitecturas urbanas: un mundo habitado por bailarinas de Broadway, diosas de la música y rostros múltiples que nos devuelven la mirada con sus amuletos del alma. Rostros que, en el caso de sus máscaras, parecen acercarnos al atavismo primitivo de Loïs Mailou Jones, como parte del legado del movimiento artístico afroamericano conocido como el “Renacimiento de Harlem”.

Así es el último universo plástico de Juan Barreto. Un universo en el que detrás de un paseo por Chelsea encontramos la serena placidez de unos caminantes; detrás de un rayo de luz violeta, el recuerdo de su amigo Granell; detrás de sus formas escultóricas, apacibles evocaciones románticas; detrás de los frontispicios y columnas de sus edificios, las metrópolis griega y romana por excelencia; detrás de una ciudad sin sueño, el sueño de una ciudad que esconde el misterio de los poderes históricos. Y detrás de todo ello, Juan Barreto, un pintor entre la imaginación y la belleza; pintor-poeta de la sublime grandiosidad del mundo clásico, que tiene su continuidad en la desmesura monumental de la urbe neoyorkina. Pero no sólo eso, pues el pintor sabe captar además la presencia humana que habita en su memoria junto a la belleza arquitectónica de la ciudad. Y, en este sentido, su obra constituye también una reflexión magnífica sobre el concepto y el tiempo, el paisaje y el paisanaje urbano que configura la identidad cosmopolita de los populares distritos de Bronx, Brooklyn, Manhattan, Queens y Staten Island.

Poco más puede añadirse de esta magnífica exposición de Juan Barreto, que nos revela y desvela las vivencias más íntimas de un pintor que se mantiene fiel a los principios estéticos de su expresionismo lírico con un trasfondo simbólico y surreal. Tan sólo una mención a su particular estatua de la libertad: la única escultura de esta muestra, la Venus de Manhattan, ejecutada en metal, cartón y madera policromada. Una pieza hermosa con la que Barreto expresa la ambivalencia formal y técnica a modo de tótem rematado por lengüetas, en la línea de la escultura entendida como collage de los propios surrealistas.

En definitiva, todo el trabajo de Barreto está impregnado de una fantasía que encuentra su resonancia en el subconsciente, por lo que sus singulares imágenes están a menudo imbuidas de una exquisita contextualización poética. A Juan Barreto bien podríamos aplicarle aquellas palabras de Antoni Gaudí: “Para hacer las cosas bien es necesario primero el amor, y después la técnica”… Y es que, siguiendo este orden, él tiene las dos cosas.

Francisco López-Barxas

Comisaria de la exposición: Luisa Pita.

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