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«A derradeira» de Mar Hernández Riquelme

EL PALIMPSESTO TRANSPARENTE DE MAR HERNÁNDEZ RIQUELME

(una mano que dibuja sillas transparentes y butacas de celofán)

  1. LA ATENCIÓN DESPACIOSA

Tengo delante un dibujo de Mar. Necesito una mirada lenta, muy lenta, para descubrir esas dos dimensiones diferentes que se me aparecen a la vez…Voy paseando la atención por el dibujo a veces en zigzag, a veces de arriba hacia abajo, o hacia la izquierda… para comprobar si la sorpresa de una esquina en que descubro una mecedora, se confirma con la siguiente esquina donde de repente veo una estantería, y voy así, poco a poco, volando de una parte a otra del papel dibujado, sin entender muy bien cómo ha sido posible que una mesa translúcida haya podido  instalarse tan serenamente en aquél escenario vacío y anónimo.

Y pensándolo bien, quizá fue porque ese local desangelado y ruinoso no era tan vacío y anónimo como parecía a simple vista, sino que estaba lleno de un silencio mudo pero intenso. Y quizá también porque el camión de mudanzas retiró todos los muebles, pero no su espíritu…El aire y el aroma a humedad, el recuerdo de las conversaciones y las risas, de aquellas fiestas de familia, o de no sé qué reuniones de empresa…están en ese aire y ese aroma, ahí, en las paredes y en las baldosas, en los techos desconchados, en las ventanas sin cristales…

Y también poco a poco me doy cuenta de cómo, en ese dibujo, Mar ha ido acumulando miradas, una tras otra. Como si tuviera en su mano de dibujante toda una colección de miradas. Como si su mano fuera capaz de mirar y acariciar con el lápiz la memoria de las cosas.

  • COLECCIÓN DE MIRADAS

Todas esas miradas se dan entrecruzadas en la misma, pero cuando se repasan una y otra vez los dibujos, no es difícil comprender cuántas maneras de ver diferentes componen la emoción ante los trabajos de Mar. Podemos recordar algunas:

La mirada que atraviesa el presente y llega al suelo de la memoria, posándose tranquilamente en el fondo de la escena. Como un fogonazo de rayos X, convierte las bambalinas del escenario-mundo en cortinas de un velo inexistente.

La mirada cristalina, que convierte en vapor impalpable el proscenio sólido de las casas y las calles (sala B en Fuenlabrada 2018), y hace de las paredes una gran ventana universal.

La mirada líquida que sólo ve las sombras de lo que ha estado ahí ayer, y ahora ya no está. Los caballetes, las mesas, las sillas y aquel taburete estuvieron con sus sombras respectivas proyectadas en la pared, como un acta notarial escrita a lápiz que da fe de su existencia verdadera (“Los Fantasmas de la Academia”, Roma 2014 y el Estudio de Peñarroya 2015).

La mirada amuebladora que convierte el desastre en un hogar posible (“Ruinas habitadas” 2018). Locales vacíos que fueron escenarios de conciertos, salas de baile o fiestas de disfraces, de repente se pueblan de butacas, alfombras, lámparas y jarrones, retratos y estanterías, relojes y cortinajes, aparadores con vajillas, veladores con candelabros, carritos de bebidas y mecedoras, convirtiendo el horror del bombardeo, del desahucio, del frío y del abandono, en la habitación acogedora del pensamiento y la charla.

La mirada familiar que multiplica la existencia. Un pensamiento rebosante y numeroso, de mobiliario inagotable, de soluciones abundantes, acondicionando los diferentes rincones y dejándolos preparados para la venida de esos visitantes que siempre están a punto de llegar pero que todavía no han venido.

La mirada escenográfica que elige el ambiente oportuno para escribir liego el guión de la función teatral. Algo ha ocurrido ahí y hay que recrearlo. “Ando hasta confundirme con quienes se vivieron aquí, por estos cuartos, con sus juegos y risas…” dice la autora citando a Mª Victoria Atencia.

La mirada silenciosa.  La soledadad absoluta de la habitación vacía después de la mudanza, sólo con algunos restos de lo inservible, va siendo invadida poco a poco de sillones silenciosos, estufas de hierro silenciosas, cacharros de cocina silenciosos, lámparas silenciosas, inundándolo todo de un sigilo reposado y quieto… y a la vez lleno de otro silencio nuevo, muy distinto y profundo.

  • LA LUZ BORRADA

Lo borrado por el tiempo convive aquí con la presencia borrosa de la transparencia. Lo borrado y lo borroso, que se cruzan en una teoría de la luz. Y en ese equilibrio hay que saber de qué lado viene la luz. Es la cuestión primera que la ciencia del Dibujo y la Perspectiva tienen que definir correctamente para que la composición y las sombras sobre el papel sean verdaderas…. La luz brillante de Murcia, Madrid, Roma, Cartagena, Lisboa y Pekín, donde ya estuvieron los dibujos de Mar Hernández Riquelme, o la claridad brumosa de Compostela y de Utrecht donde también se expusieron, todas esas luces, están contenidas, pensadas, vividas, dibujadas y borradas en esas escenas.

Y gracias a esa mirada que percibe la luz, líquida y lógica a la vez, puede la pintora seducir como Parrasio, que engañó a Zeuxis hace veinticinco siglos pintando la cortina sobre su racimo de uvas que a su vez los pájaros inocentes ya antes habían creído apetitoso. Y seducirse también a ella misma en ese trabajo interminable (¿pondré aquí otra silla?, ¿borraré esta otra?) para lograr hacer coincidir la autobiografía con lo que el dibujo está contando…. Quienes hemos tenido la fortuna de haber conocido el estudio de su padre pintor, recordamos la lección maestra de cómo entre el borrar y el seducir se juega uno la vida.

Y eso ocurre en esta exposición de la compostelana Galería Luisa Pita: los lugares de la autobiografía, el Cine Yago, la Papelería Compostela, la Casa de Islas Menores, la casa de Rúa do CardealPayá, se parecen mucho al palimpsesto del matemático e ingeniero Arquímedes, cuyos trabajos, como el “Método de los Teoremas mecánicos” copiados el siglo X en pergamino, fueron borradosdos siglos más tarde para poder escribir encima salmos latinos. Ahora pueden leerse tanto los trabajos del griego como la escritura latina superpuesta, gracias a los complejos procesamientos informáticos que realizó el Museo Waltersen Baltimore. …Como Mar Hernández Riquelme, que sobre la impresión digital de la Papelería Compostela superpone la caligrafía de unas sillas plegables, unos expositores de postales y unos libros de segunda mano.

Juan Fernando de Laiglesia.

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