Reconozco que me quedé prendado observando aquel macuto rojo a la espalda de aquella chica que conversaba con su pareja mientras, apoyado en el mostrador del puesto de comida, un hombre cruzaba su mirada con la mía y observaba la escena. Por un momento huelo la comida, escucho a un músico callejero en la lejanía y siento el frío que empieza a calar mi cuerpo… y soy consciente… me ha atrapado.
Porque así, cautivadora y absorbente es la pintura de Laura Nieto (Medina del Campo, 1978). Unos lienzos imponentes que toman pequeños soplos de autorreferencia para convertirlos en pura experiencia estética, en belleza visual que no sólo invita a ser disfrutada, sino a ser reflexionada. Piezas que desde la normalidad del encuentro social reivindican el tempo lento de esos instantes en los que retornamos a nuestra humanidad frente a la locura y vértigo a la que nos arroja la sociedad posmoderna.
Unos trabajos que nos invitan a transmutarnos en la propia artista, y así paladear eses momentos de calma y contención ofrecidos por sus pinceles. Escenas que a un tiempo se presentan llenas de vida vibrando gracias a los reflejos que Nieto consigue con el spray de grafitero o con pequeñas manchas asonantes. Un ritmo que encontramos también gracias a una apuesta sin fisuras por el espectador, al invitarlo a contribuir con las voces, los roces, las miradas de unos personajes anónimos que nos ofrecen sus historias para empezarlas o a rematarlas.
Se nos descubre así en Laura Nieto una creadora de paisajes humanos, una hacedora de pequeños relatos que toma la pintura como medio para hacernos soñar. Para hacernos desacelerar y disfrutar del instante… y en mi caso, lo reconozco, lo ha conseguido.
Iñigo Rodríguez Román
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