La Naturaleza, el espacio exterior que parece todopoderoso y al mismo tiempo impotente ante nuestra embestida, engloba y articula casi por completo la exposición, como reflejo y pieza del juego en la gran partida del tiempo. En su grandeza reside la antítesis que da nombre al conjunto de obras, donde el inabarcable infinito del recorrido de un río se ve fracturado con el incesante devenir de las aguas que encauza.
Cada instante contiene en sí un desvanecimiento.
Codiciada por todos, solo la verdad prevalece, hasta que el olvido la arrastre.
Mediante la mirada enriquecemos la capacidad de entendimiento de nuestro entorno, de los espacios, colores y formas, de las luces y las sombras. Temporalmente seguimos las pautas de nuestra naturaleza interior y, a medida que vamos creciendo, ese sexto sentido desaparece en pro de la razón, generando lecturas que en muchos casos no nos pertenecen, imbuidas del bien y del mal. Paradójicamente, el conocimiento se compone de caricias y golpes arraigados desde el día uno, que por motivos personales no siempre queremos aceptar.
En Infinito Caduco, la obra se abastece de su propia realidad, al igual que nosotros, pero con la diferencia de que son los espacios los que barajan su propia existencia, y siempre atajan de un modo u otro por sendas intransitables. Cascadas profundas, caminos angostos, arenas movedizas o finas ramas, tienen el mismo poder que las conjeturas de nuestra existencia.
Las grafías que se realizaron ya desaparecieron. Improvisaciones caducas recogidas por la cámara y aletargadas en el papel. Los restos son pedazos, fracciones de momentos irrepetibles que tratan de capturar las esquirlas de la piedra que afila los momentos, y que tan desapercibidas caen ante nosotros. Atajos recolectados hacia el enriquecimiento del individuo, íntimo y luminoso.
Las estrellas en el agua reflejan la sabiduría del tiempo.
El tiempo gana cuando la vida desfallece en el ocaso.
Denís Estévez Fernández
Hola ¿en que puedo ayudarte?